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REVISTA “Entre Lusco y Fusco”

Hoy sale a la luz el volumen 0 de esta revista de terror y misterio en la que he tenido el placer de colaborar. He participado con el relato de misterio “Un número de teléfono, una foto y una joya” que espero que os guste.

Para leerlo solo tenéis que descargar la revista (QUE ES GRATUITA) en LEKTU. Os dejo el enlace a continuación:

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CONCURSO DE RELATOS

“UN VERANO EN SAINT-MALO”

Fueron muchas las actividades que realicé para el DÍA DEL LIBRO, una de ellas fue la de presentar mi novela ante todos los alumnos de 1º de Bachillerato del instituto “Los Albares” de Cieza (Murcia); hablar de mi novela con lectores tan jóvenes es siempre muy motivador, ¡y en esta ocasión no podía ser menos!

Estuvimos charlando sobre el proceso de escritura de “Un verano en Saint-Malo” y mi experiencia como escritora; también les mostré vídeos y fotos relacionados con la obra. Además, me hicieron muchas preguntas interesantes que muy gustosamente contesté. Todos los alumnos acabaron con la sensación de querer saber más de esta historia de misterio y de grandes emociones, y sé que muchos se animaron a hacerse con ella tras ese día.

Para terminar, les propuse un reto: crear un relato breve con un final diferente al de mi novela. Para ello, tenía que ponerles en situación y les leí la introducción, en donde la protagonista se encuentra con el cadáver de un conocido en un ascensor (os la podéis descargar a continuación):


El vencedor sería galardonado con el libro de “Un verano en Saint-Malo” incluyendo la dedicatoria de la autora, que soy yo 😉

Fueron numerosos los valientes que escribieron un final alternativo y tras darle muchas vueltas (lo tuve bastante complicado pues el nivel era muy alto) tengo que dar la enhorabuena a Pilar López García de 1º A, le felicito por su buen trabajo, su tiempo y originalidad. Un relato con un final abierto y con el que te quedas con las ganas de saber más, ¡me encanta!

Pilar, espero que disfrutes de tu premio y ya leerás que el final -y toda la historia en general- es un tanto diferente a lo que has escrito…

Os dejo a continuación el relato ganador:

FINAL ALTERNATIVO DE “UN VERANO EN SAINT-MALO”

No recuerdo nada más.

Mi hermana me explicó luego que caí inconsciente en el rellano.

Cuando desperté, habían pasado varias horas. No pudo ir a trabajar.

Me propuso quedarme unos días en su casa. Me encontraba totalmente en estado de shock.

Durante los días posteriores, la policía se dedicó a realizar interrogatorios en cada rellano.

¿Porque tenía que ser alguien del edificio y no una persona ajena?, es lo primero que me pregunté.

Pronto mi hermana me informó del porqué.

En la cámara de salida, por la puerta central del edificio, se había grabado a un hombre saliendo del ascensor con gabardina y sombrero al que no se le veía la cara. Justo ese día y justo en el viaje que tomó en el ascensor la víctima.

En el vídeo no se podía reconocer quién era pero sí visualizaron un llavero que le colgaba del bolsillo donde se podía observar que era de una de las llaves del edificio. Por tanto el sospechoso era propietario de una de las viviendas.

El edificio estaba compuesto por diez pisos. Un piso por rellano.

El primero y el segundo piso se encontraban deshabitados. Los inquilinos del quinto piso se encontraban de viaje. En el sexto vivían dos personas mayores prácticamente imposibilitadas, y la mujer soltera, que vivía con una niña en el octavo piso, se había grabado saliendo del edificio una hora antes para llevar a su hija a clases y no había vuelto a entrar.

Por tanto la investigación se centraba en los pisos restantes.

Los del tercer piso, en el cual residía una pareja de recién casados, los cuales declararon que se encontraban a esa hora en casa ordenando la compra que habían realizado horas antes.

En el cuarto piso residía un hombre de 35 años, soltero, que declaró que estaba estudiando unos planos que tenía que entregar al día siguiente en el trabajo.

En el séptimo piso vivía un matrimonio con dos hijos adolescentes. En ese momento sólo se encontraba en el domicilio la hija de 15 años viendo la tele, según declaró.

El noveno piso, una pareja de ancianos jugaban al parchís, según declararon.

Y el décimo piso, en el que residía mi hermana, mi sobrina Irene y mi cuñado, el cual se encontraba de viaje de negocios.

Alex, que así se llamaba mi cuñado, era un tipo que se dedicaba al comercio. Viajaba mucho, y mi hermana a veces necesitaba ayuda con Irene. Era entonces cuando recurría a mí que solía tener las tardes libres.

Luca, que así se llamaba la víctima, descubrieron que pertenecía a una banda criminal de tráfico de drogas y se dedicaba a vigilar y cobrarse las cuentas pendientes de quien no cumplía.

¿Pero quién de todos ellos podía estar metido en un asunto tan turbio?, me iba a explotar la cabeza.

Nadie hablaba con nadie. Cada uno se encontraba sin salir prácticamente de sus casas.

—Luna, ¿crees que estamos en peligro? —le pregunté a mi hermana con la cara fijada en la ventana mientras me tomaba un té en el sillón.

—No te preocupes, Valeria, tenemos el edificio repleto de policías. Debes tranquilizarte, ha sido un shock muy grande para ti.

No contesté. Tampoco desvié la mirada de la ventana. Me quedé allí sentada pensando en la cara de ese hombre.

Lo había visto antes. Un día cenando con mi hermana y mi cuñado en un restaurante del centro y luego, más tarde, en la obra de teatro a la que fuimos. Pensaba que era una coincidencia, ahora veo que no. Algo pasaba. ¿Porque nos perseguía a nosotros? ¿Era una casualidad?

Cuando la policía realizó los interrogatorios, descubrieron una serie de pruebas relevantes.

Gotas de sangre en el rellano de la puerta del cuarto piso, que el hijo del matrimonio del séptimo piso trapicheaba con drogas y que el chico del tercero había tenido antecedentes hace algunos años.

Pero yo sabía que nada de eso tenía que ver. Este hombre nos vigilaba a nosotros y tenía que descubrir el porqué. Tenía miedo de lo que pudiera encontrar, pero en cuanto mi hermana salió de casa con la niña al supermercado me puse manos a la obra.

Mientras tanto, la policía detuvo a Nicolás, el chico soltero del cuarto piso. Alegaron que las gotas de sangre que iban hacia su puerta tenía el ADN de la víctima y que no tenía coartada segura. Las versiones, que hizo en dos ocasiones, habían diferido en ciertos puntos. Pero además, el ADN posterior encontrado también en la cerradura de su casa era una prueba considerada irrefutable.

Me dispuse rápidamente a registrar la habitación de mi hermana, el despacho de mi cuñado, como impulsada por un presentimiento que me asustaba, y allí lo encontré…




AUDIORRELATO DE “ESA LLAMADA INESPERADA”

Armario de cuentos es una página web muy interesante y accesible a todos los escritores.

De manera gratuita graban tu relato y lo publican en diversas plataformas, incluyendo Spotify. Aquí os dejo esta historia que ya leíste, pero ahora tenéis la oportunidad de escucharla y sentirla aún más viva.

¡Espero que la disfrutéis!

Esa llamada inesperada (parte final)

Llega al fin el último capítulo de este cuento, relato o como queráis llamarlo… Una historia que comienza con una llamada inesperada y que lleva a estos dos hermanos a descubrir un misterio de familia desconocido. ¿Preparad@ para leer cómo acaba?

Tía Anita nos esperaba sentada en su sillón. Acabábamos de enterrar por segunda vez a nuestra madre, esta vez era la verdadera. Nos miró de arriba abajo al mismo entrar, con firmeza y sin pestañear. A pesar de todo lo sucedido, nuestra tía seguía siendo una persona igual de fuerte e imperturbable.

—No os voy a preguntar como estáis, porque yo estoy igual. —Quería aparentar serenidad pero su semblante expresaba todo lo contrario.

—Tía Anita, hemos estado hablando Pedro y yo —me atreví a comenzar la conversación que teníamos pendiente—. Estamos agotados tras todos estos días. Creo que ha habido demasiadas emociones juntas. Pero —hice una pausa intencionada— queremos saberlo todo.

—Es lógico —respondió al fin nuestra tía—. Cuando llegué aquella noche a aquel zulo y vi a vuestra madre tirada en el suelo y sangrando, pensé que vosotros también estaríais muertos. —Se llevó las manos al rostro sollozando—. ¡Cuánto miedo pasé entonces!

—Tía —dijo Pedro cogiéndole las manos en un gesto de comprensión y afecto—. ¿Por qué dejaste a nuestra madre sola ahí? No tendrías que…

—¡¡Lo sé!! Pero en ese momento fue la única solución que encontramos. Qué gran error el mío, creo que nunca me lo perdonaré.

Nos sentamos en el suelo junto a nuestra tía, mientras que ella seguía sentada en su sillón contemplando fijamente la pared que tenía delante, observando aquellos cuadros tan conocidos por nosotros. Cada uno le cogimos de una mano y entonces empezó a narrarnos la historia de nuestra familia, una familia que creíamos que había sido siempre aburrida y sin nada interesante que contar.

—Todo esto comenzó con vuestra abuela Marian, mi madre. Ella era apenas una chiquilla sin miramientos, sin demasiadas neuronas en la cabeza y un revuelo de hormonas en su cuerpo cuando… se enamoró. El afortunado fue un señor mucho mayor que ella, Patrick. Procedía de Irlanda y había venido a nuestro país a ganarse la vida. Desde el principio, nadie le ofrecía ningún tipo de trabajo, tal vez por su condición de inmigrante, o por su manera violenta de comportarse o… por lo que fuera, la cuestión es que con el tiempo decidió dedicarse al trapicheo. Empezó a robar en casas pudientes, cogiendo de ellas, en un principio, algo de dinero, pero terminó robando verdaderas joyas importante y de un nivel mundialmente reconocido. En esos robos siempre le seguía su pequeña secuaz, vuestra abuela. Como ya he dicho era tonta y joven y la mezcla de las dos cosas nunca da un buen resultado.

—¿Estás diciendo que la abuela Marian era una ladrona? —Se me curvaron los labios a modo de una sonrisa incrédula, era la primera vez que reía desde hacía días y me había olvidado lo agradable que era sentirse así, aunque solo fuera por unos segundos. Me hacía gracia recordar a nuestra anciana abuela e imaginarla de ladrona profesional.

—¡Qué increíble! —dijo Pedro también con un tono de guasa y mirándome con una amago de carcajada en su rostro.

—Sí, se convirtió en una ladrona experta, mejor dicho: Patrick la engañó y la convirtió en una ladrona especialista en joyas. Este hombre mantenía un romance con vuestra abuela, pero a la vez estaba casado y con tres hijos; ya os he dicho que era mayor que ella. Así que cuando la abuela se enteró de la vida paralela de su amado, decidió, a modo de venganza y por rencor, quedarse con una de las cosas de su último robo. El diamante Hope. ¿Lo conocéis? Se trata de un precioso diamante de origen indio, el cual tiene una maldición, todos los que lo poseen mueren trágicamente. Pero de esto vuestra abuela no tenía ni idea, además desconocía el valor de aquel diamante, pero que debía de ser alto por las ansias que se tomó Patrick por encontrar a mi madre a lo largo de toda su vida… Tras toda esta aventura, vuestra abuela ya no era bien recibida en su propia casa por su pasado con aquel señor, cuando más necesitaba de la ayuda de sus padres estos le dieron de lado. Así que empezó una nueva vida, marchándose a Madrid. Necesitaba una ciudad grande, de tal manera que a Patrick le resultase imposible encontrarla. Se casó con el que fue mi padre y vivieron tranquilos y felices hasta que un día, cuando vuestra madre y yo éramos apenas unas adolescentes, apareció un señor atractivo y con un acento peculiar en la puerta de casa, exigiendo ver a la abuela Marian. ¿Me vais siguiendo?

Los dos afirmamos con la cabeza en silencio. Por primera vez oíamos un hecho suntuoso en donde nuestros allegados eran los verdaderos protagonistas y no pretendíamos interrumpir el relato de tía Anita por el solo hecho de pronunciar un sí.

—Dijo llamarse, precisamente, Patrick. En ese momento ella no estaba, pero volvió a aparecer al día siguiente y así hasta que coincidió con la abuela Marian.

Está claro que cuando se vieron hubo algo más que chispas en sus ojos, pero los demás seguíamos sin comprender nada. Ese hombre le exigía a mi madre algo que no entendíamos y lo hacía con una violencia verbal que helaba la sangre. Cuando se marchó, vuestra abuela nos reunió y nos hizo sentarnos en este salón mientras contaba todo su pasado: que había sido una ladrona y que aquel señor había sido alguien especial pero del que tuvo que huir puesto que se había adueñado de algo que era de gran importancia para él. A pesar de que insistimos en que nos revelara qué era aquello que le había sustraído sin permiso, la abuela nunca nos confesó lo del diamante. Tras aquella charla nos prometió, sin dudarlo, que todo aquello se solucionaría.

Realmente, lo que este señor le pedía a vuestra abuela era el diamante Hope para pagar una importante deuda, se había quedado en la ruina. Es cierto que en su momento Patrick pudo entender que Marian cogiera el diamante por odio hacia él, aunque no le hiciera la menor gracia entonces; pero ahora, dejó ver, que era una necesidad poseerlo debido al dinero que le darían por esa joya, y evitar así que lo matasen. Quedaron pues al día siguiente para que la clemente de vuestra abuela le diera el diamante y por fin acabar con todo aquello. Sin embargo, justo ese día, de camino a nuestra casa, Patrick fue asesinado por la mafia de los acreedores que lo perseguían. Todo esto salió en los periódicos, incluyendo su pasado de maleante y mafioso. Muerto el perro se acabó la rabia, o al menos es lo que todos pensábamos… Con el tiempo, cuando ya la abuela estaba muy mayor y enferma recibimos una carta de Dublín.

—Recuerdo cuando la abuela estaba ya postrada en la cama durante todo el día. Mamá se pasaba con ella toda la semana, cuidándola, apenas pasaba por casa —interrumpió Pedro recibiendo un codazo por mi parte.

Nuestra tía continuó con la historia sin prestar demasiada atención al comentario de Pedro:

—El  remitente de aquella carta era un tal Sam. Tu madre y yo la leímos y entendimos que se trataba de uno de los hijos de Patrick. Este exigía la joya como parte de su herencia. Una joya que nosotras apenas teníamos conocimiento, pero supusimos que era lo que la abuela le había quitado rabiosa a Patrick y por lo que este había venido a nuestra casa por aquel entonces. El tal Sam informó que nos visitaría en unas semanas para que le entregáramos el diamante.

››Estaba claro que todo se solucionaría deshaciéndonos de una vez por todas de la joya. El problema: la abuela Marian ya no recordaba nada sobre aquel diamante, y mucho menos dónde lo había escondido durante todos esos años,  debido a su alzheimer.

Se hizo un silencio en el que miré a Pedro para ver si iba siguiendo la historia y si podía ver en sus ojos que esta le resultaba tan interesante como a mí, y así era. Mientras tanto, tía Anita aprovechó para coger aire y continuar:

—Sam no apareció hasta tres meses después, exigiendo lo que ya os he dicho, pero fue cuando la abuela peor estaba. De hecho, a las pocas semanas ella murió. Con la amenaza de Sam y sin saber dónde estaba aquel maldito diamante vivimos un periodo de desesperación. Decidimos darle una gran suma de dinero a aquel hombre con el fin de que nos dejara en paz; y lo conseguimos. Durante un tiempo volvimos a olvidarnos del diamante y de toda su historia.

››No obstante, hace unos 6 años, poco antes de que muriera vuestra madre por primera vez, llamó de nuevo Sam a esta casa reclamando, otra vez, el diamante Hope. No se creía que no tuviéramos ni remota idea de su localización. Sam demostraba ser el típico hombre, que como su padre, siempre andaba metido en problemas de dinero y pensaba que amenazándonos de nuevo conseguiría otra cantidad. Pero vuestra madre y yo ya estábamos hartas y elaboramos un plan con el fin de que no nos molestaran nunca más por este tema, queríamos zanjarlo de una vez por todas, ya eran muchos años con lo mismo y estábamos agotadas psicológicamente. Todo esto afectaba a nuestro día a día y era necesario buscar una solución. Se trataba de un plan peligroso, en el que ella perdía mucho más que yo.

››Con la ayuda de vuestro querido padre, decidimos fingir la muerte de mi hermana, vuestra madre, para nunca más ser molestada por este individuo. Luego, la otra parte era la más difícil de elaborar. Yo tenía que hacer creer a esta gente que estaba de su parte y que haría todo lo posible por ayudarles a encontrar el diamante, un manera encubierta de cuidar de mi familia, pero sin que ninguno de vosotros lo supiera. Tuve que hacer cosas horrorosas para hacerles creer de qué parte estaba, estos individuos son muy peligrosos y me jugaba la vida en cada asalto o cosa que hiciera.

Pedro y yo la mirábamos sin pestañear, como si estuviéramos en el cine viendo una película y estuviéramos en la parte con más tensión de esta.

—Mientras tanto, vuestra madre estaba a salvo en una casa de campo, de un familiar nuestro, alejada de todo y, tristemente, de todos. Esa fue la peor parte, nunca superó el no despedirse adecuadamente de vosotros y de su marido, sobre todo cuando se enteró que este había fallecido. Quiso ir al entierro, como es lógico, pero luego se dio cuenta de que eso le podría poner en peligro.

—¿Y eso iba durar toda la vida? que tu hicieras de mala y ella estuviera escondida hasta su muerte —pregunté algo encolerizada ante la atrocidad de aquella idea.

—No. el plan final era que yo, cogiera destrezas y habilidades de aquella banda de energúmenos y al final matar al cabecilla, Sam, y deshacer todo aquello al instante. He de deciros que iba por buen camino, estaba a punto de…

—Pero entonces mamá llamó por teléfono a sus hijos…

—¡Exacto! y ahí dio al traste con todo. Aunque yo estuviera en aquella banda y supiera que estabais protegidos por mí, sabía de buena tinta que también os controlaban: llamadas, salidas, entradas, trabajo… y cuando recibisteis esa llamada inesperada, supe que ellos también la habían oído. Además, lo comprobé justo aquella noche en la que llegasteis los dos contándome lo sucedido. Desde la ventana vi aparcado uno de los coches de la banda, ¡ya estaban en alerta desde el minuto uno!

››Sin mucho tiempo, decidí trazar un rapidísimo plan e ir cuanto antes a avisar a vuestra madre para esconderla en otro sitio y a la vez intentar que vosotros no os involucraseis demasiado en nada de esto. A pesar de mi rápida iniciativa, ellos me localizaron antes y no pude evitar que me siguieran mientras iba a informar a vuestra madre. Sin quererlo les llevé justo al sitio al que querían llegar y, antes de que pudiera avisarle de nada, la cogieron de sorpresa. La banda tenía la total seguridad de que era ella la que tenía la joya escondida ¿por qué sino había estado escondida todo este tiempo? Yo, como buena impostora que he sido a lo largo de estos cinco años, fingí alegrarme cuando la raptaron y encerraron, a la vez que me aconsejaron escribiros una nota para que cayerais en la trampa, creían que sabíais demasiado…

››Cuando Janet, la mujer de Sam, con los otros chicos fueron a por vosotros, yo aproveché para dar el cambiazo con mi hermana e ir a buscar a la policía y capturar a aquella panda de maleantes, a pesar de que me jugaba mi propio encarcelamiento por mi involucración en otros robos. Aquella noche, la única de la familia que sabía dónde estábamos geográficamente era yo, llegaría más pronto a comisaría para avisar de todo aquello, de ahí que os dejara solos.

››Cuando llegasteis adormecidos y os metieron en aquella habitación, ya se encargó vuestra madre, pasándose por mí, de explicar a los demás que no hacía falta vigilancia en su propia puerta, para así poder salir sin que nadie viera que aquella celda estaba, realmente, vacía. Y bueno, luego…pasó todo.

—¿Fue mamá la que hirió a aquella chica? ¿a Janet? —preguntó Pedro muy interesado.

—Sí, Janet ha contado a la policía que algo vio cuando entró vuestra madre a vuestro zulo, que no le cuadró, así que estuvo todo el rato vigilándoos. Cuando os dejó escapar, Janet estaba cerca para verlo, descubrió entonces el cambiazo y que todo lo mío había sido una farsa. Vuestra madre le disparó en la pierna para intentar defenderse y Janet hizo lo propio pero disparándole dos veces y en el pecho; aun así alega que lo hizo en defensa propia. —Enlazó sus manos, reprimiendo su rabia y continuó—. Sam fue detenido junto a los otros justo cuando llegué yo con la primera patrulla de policía. Al final todo se solucionó, en cierto modo.

—¿Por qué no fuisteis desde el principio a la policía? —quise saber.

—Pues cuando le dimos a Sam la primera cantidad de dinero confiamos en que todo se solucionaría, por lo que supusimos que no era necesario alarmarse ante esta gentuza. Luego, cuando vino por segunda vez nos amenazó con vehemencia lo que podía pasarnos si dábamos información a la policía. Además, no vi conveniente que las autoridades supieran algo sobre la banda, ya que de alguna manera yo era una más en ella —Aclaró tía Anita resuelta.

—Por tanto… tú tendrás que ir a declarar. ¿Crees que pueden meterte en la cárcel? —pregunté directamente.

—Puede. No lo sé.

‹‹Nos quedaríamos completamente solos Pedro y yo››. Es lo primero que me vino a la mente tras su respuesta. Y todo por una joya maldita que, además, había afectado a la vida de todos nosotros. En ese momento fui consciente de lo beneficioso que hubiera sido que nuestra familia no hubiera abandonado su permanente estado anodino, que siguiera pasando desapercibida, como siempre había ocurrido.

—Si supiéramos donde está la dichosa joya… creo que todos nuestros problemas se resolverían —me dije.

De repente el cuadro antiguo del arco iris, ese que había estado toda la vida en la pared de aquella casa, cayó estrepitosamente al suelo. Los tres nos quedamos en silencio, paralizados, mirándolo fijamente. Pedro se levantó para cogerlo, mientras que las damas seguíamos sentadas sin comentar nada.

—¡Vaya! parece que se ha roto el marco —observó Pedro.

—Y no solo el marco, fíjate en el color azul del arco iris —comenté—. Está rajado, como si con una navaja hubieran roto esa única parte.

—Qué extraño —empezó a decir tía Anita con voz tenue y arrebatándole el cuadro a Pedro de las manos—. Y aunque el color azul esté partido de parte a parte, sigue teniendo un fuerte reflejo… ¿de dónde narices procede?

Le dio la vuelta al cuadro y comenzó a rascar la parte de atrás que estaba igual, o más envejecida que la pintura de delante. La zona trasera había sido tapada por un papel continuo marrón y pegado, malamente, con cinta adhesiva, por lo que se intuía que era sencillo romperlo. Me sorprendió el ímpetu de tía Anita para destrozar esa parte del cuadro. No cabía duda de que no importaba romperlo por el reverso cuando la otra parte ya estaba hecha un desastre, pero no dejaba de crearme cierto malestar la pérdida de una pintura de toda la vida de la que siempre había guardado un gran cariño. En un suspiro arrancó todas las capas de papel que habían sido usadas para forrar aquello y a nuestra tía se le iluminó la cara. Nos sentamos cada uno en un brazo de su sillón y entonces vimos una cantidad considerable de pequeños brillantes de color azul, pegados todos ellos muy juntos en el color añil del arco iris. Sin todavía entender nada, arrancamos entre todos esa parte del cuadro, dándonos ya totalmente igual el conjunto. Y mi tía dijo por fin:

—Aquí estabas, diamante Hope. —Y fuimos despegando uno por uno todos los trocitos de diamante que allí había.

—La abuela lo habría roto a pedazos para poder así esconderlo mejor —deduje.

—¡Es increíble vuestra abuela! —exclamó tía Anita en voz alta—. ¿Sabéis que esto es una prueba irrefutable? ¡¡¡y es la clave para librarme de ir a la cárcel! —Y entonces estalló en una carcajada de triunfo de la que no podía parar.

Nosotros, sus sobrinos, rompimos a reír de alegría, a la vez que alguna lágrima de emoción se derramaba por nuestras mejillas. Aquello era el final más feliz al que podíamos aspirar.

1 año después

Entraba en casa justo cuando empezaba a sonar el teléfono. Era ya tarde y al día siguiente tenía que ir a trabajar, pero la ocasión lo merecía: tía Anita volvía a casa, libre, feliz y algo más envejecida. Volvíamos a estar los tres juntos de nuevo, de ahí que hubiéramos hecho una gran celebración esa misma noche.

Con todo el lío del abrigo, bufanda, guantes y bolso, me fue imposible llegar a tiempo al teléfono. Sin embargo, quien llamaba volvió a insistir, y esa vez ya estaba dispuesta a descolgar. A esas horas esperaba que fuera mi hermano, algo se le habría olvidado.

—¿Si? —contesté despreocupadamente mientras me desprendía del calzado.

—¡Sara! ¿Me oyes, Sara? ¡Sarita, soy yo!

Me quedé hipnotizada con una bota en la mano y la otra todavía puesta. Las manos empezaron a agitarse sin control y tras un largo silencio, en el cual empecé a mantener la calma, fui capaz de responder a esa voz:

—¿¿¡¡Papá!!??

Esa llamada inesperada (III parte)

Me desperté muy temprano a la mañana siguiente. Acostada en mi cama no dejaba de pensar en lo acontecido la noche anterior. Oír la voz de mi madre después de tantos años me había dado un chute de energía que me impedía estar más tiempo dormida. Me levanté dispuesta a prepararme un café bien cargado cuando escuché algo que provenía de la puerta de la entrada. Me pareció oír unos pasos que intentaban hacer el menor ruido posible para pasar desapercibidos, pero sin éxito alguno. Con sigilo fui acercándome a la puerta sin ni siquiera saber claramente con qué intención. Empecé a notar un desagradable escalofrío y unas repentinas gotas de sudor que caían por toda mi espalda, me costaba una barbaridad dar más de dos pasos seguidos, pero todo ello no impidió acatar mi cometido. Abrí la puerta con rapidez para encontrarme con un pasillo vacío y sin ningún vecino a la vista. Empecé a reírme de mí misma por lo asustadiza que había sido cuando al bajar la vista, sintiendo que había algo diferente a mis pies, me encontré con un sobre en donde se hallaba escrito mi nombre. Lo cogí de inmediato y olvidándome por completo de los temores de unos segundos antes, avancé un par de pasos y miré a todos lados con una mayor seguridad, intentando averiguar quién podría haberme dejado aquella misiva. Enseguida me di cuenta de mi torpeza por haberme quedado ahí plantada tanto tiempo y bajé lo más rápido que pude por las escaleras con la esperanza de encontrar al mensajero.

Era un día de lluvia y los paraguas inundaban la calle, lo que dificultaba mi labor de reconocer a alguien. Me fijé expresamente en un taxi al que acaba de entrar una joven de pelo castaño y lacio, con un suéter naranja y guantes rojos. A medida que el taxi empezaba a ponerse en marcha, la chica alzó la vista a mi edificio para segundos después bajarla y cruzarse con mi mirada; ella la mantuvo más de lo que se podría considerar socialmente aceptable, como si me conociera de algo e intentase ayudarme con sus ojos a reconocerla, pero yo estaba segura de que nunca la había visto. No obstante, su manera de escudriñarme no me hizo sentir nada cómoda.

Una vez en mi piso abrí la carta y empecé a leerla algo más tranquila al reconocer la letra de mi tía:

Querida Sara:

Supongo que estaréis todavía algo conmocionados por lo sucedido ayer, por ello he decidido que la mejor manera de superar este inquietante suceso es salir fuera e ir a comer a un sitio especial, os dejo las indicaciones para llegar hasta allí.

Yo ya me he marchado para allá con la intención de que todo esté listo cuando lleguéis.

Como es tan temprano he preferido no despertarte para contártelo.

Un beso.

P.D.: Avisa a tu hermano.

Miré en la parte inferior de aquel papel y ahí estaba escrita la dirección del sitio al que debíamos ir a comer con nuestra tía, conocía el paraje, no estaba cerca del centro. Llamé a Pedro para comentarle el cambio de planes y pedirle que me recogiera en su coche.

—Qué raro —me dije mientras daba vueltas a la carta de tía Anita, como si así pudiera encontrar algo en ella que se me hubiera escapado en su primera lectura, aunque sin saber muy bien el qué.

Mientras esperaba a mi hermano, y ahora que el pasado se removía, no pude evitar recordar a mis padres: a los cuatro juntos en casa, celebrando la navidad o cualquier cumpleaños; cuando todos nos sentábamos con un libro alrededor de la chimenea; cuando Pedro y yo nos graduamos, cuando mamá enfermó… Una familia sin nada por lo que destacar o presumir, pero era tanto el cariño que se profesaba que no pude reprimir las lágrimas durante no sé cuánto tiempo. El inconfundible sonido del claxon del coche de Pedro me sacó de mi ensimismamiento y bajé, limpiándome las lágrimas, para encontrarme con él.

Tras un camino de más de veinte minutos rodeados únicamente de pinos, llegamos a un conjunto de casas adosadas y medio nuevas, que empezaban a ser conocidas por todo Madrid. En realidad se encontraba en medio de la nada y el acceso no era nada fácil, por lo que decidimos dejar el coche aparcado y hacer a pie el último tramo. Al llegar a lo que creíamos que era el punto al que debíamos dirigirnos, nos detuvimos esperando a que tía Anita surgiera de la nada para señalarnos dónde íbamos a comer exactamente, pero el tiempo pasaba y tía Anita seguía sin aparecer. Nos encontrábamos solos Pedro y yo ante aquella inmensidad de bosque. Nuestra conversación iba decayendo a la par que empezaba a aparecer una brizna de temor en nuestros rostros: aquello parecía una verdadera zona fantasma, sin residentes, sin que nadie pasara caminando, aunque fuera solo por error. ¡Nada! Algo no cuadraba en aquel lugar y ambos lo intuíamos.

Al cabo de unos largos minutos vi, a lo lejos, una figura que se acercaba hacia nosotros a paso lento. No era tía Anita y, para mi sorpresa, pude divisar un pelo lacio con un  reconocible suéter naranja y guantes rojos. Cogí a Pedro del brazo en un intento de hacerle entender que aquella joven no me daba buena espina. En un principio, los dos nos quedamos plantados y sin dejar de mirarla, en sobre aviso; pero cuando la chica comenzó a acelerar, dimos sin planearlo unos cuantos pasos cortos hacía atrás. Justo en el momento en el que decidimos darnos la vuelta para echar a correr, dos pares de brazos fuertes nos agarraron, sintiendo un pinchazo muy sutil en el hombro izquierdo. Sin poder mirar a los matones que nos tenían cogidos apareció derrapando el taxi que había visto aquella misma mañana y en apenas dos segundos nos metieron en él tapándonos los ojos y atándonos pies y manos. El coche aceleró con brusquedad y ya no recuerdo nada más.

Cuando me desperté tenía la cabeza apoyada en una mesa de acero, fría y con la sensación de que alguien me observaba. Ese alguien era mi hermano que me llamaba en susurros desde el otro extremo de la mesa. Miré a mi alrededor y solo había oscuridad, encima de nuestras cabezas una triste bombilla desangelada que hacía de lámpara, pero que apenas alumbraba. Justo cuando iba a alargar mi mano para intentar tocar la de Pedro una tos seca nos interrumpió.

—Así que vosotros sois Sara y Pedro, sabía que en algún momento nos conoceríamos.

Se trataba de aquella chica que seguía llevando aquel suéter naranja pero ya sin los guantes puestos, hablaba español con un acento muy marcado. Tras mirarnos a los dos una y otra vez, moviendo la cabeza como si de un partido de tenis se tratara, salió de la habitación oscura en silencio. Antes de que la puerta se cerrara, entró otra figura, también femenina y delgada, de la que solo podía distinguirse su pronunciada nariz y el humo de ¡un puro!

—¿Tía Anita? —dije con cierto escepticismo—. ¿Eres tú?

Mi asombro era tal que no podía apartar la mirada de ella, notaba que a Pedro le ocurría lo mismo, mientras que ella nos daba la espalda apoyando sus delgados brazos en aquella mesa fría.

—Sí, he sido yo la que os ha traído hasta aquí. —Dándose la vuelta sacó un sobre de su bolsillo dejándolo encima de la mesa—. Habéis hecho exactamente lo que os dije en esta nota, sabía que caeríais en la trampa —nos señaló—. Sois igual de inocentes que vuestra madre.

Notaba una sonrisa cínica y de triunfo en sus labios. Busqué la mirada de mi hermano para que me ayudara a comprender de qué iba todo aquello.

—Mi plan salió tal y como lo pensé —continuó con su discurso sin que ninguno de sus sobrinos le interrumpiese—, y ahora estáis aquí encerrados… en unas horas vendrá el jefe y acabaremos con lo que queda de esta familia. —Nos miró al uno y al otro de manera fugaz—. ¿Sabéis? yo siempre supe que vuestra madre seguía viva…

Pedro y yo nos miramos con la boca abierta tras aquella declaración. Tía Anita estaba disfrutando con aquella escena llena de confusión e intriga.

—Yo sabía que teníamos que esperar a que resurgiera de dónde estuviera escondida, una carta o una llamada como la de ayer noche y entonces, ¡solo entonces! nos traería el diamante.

—Pero tía Anita, ¿de qué narices estás hablando? —era Pedro, se le notaba con la voz cansada pero excitado por el momento.

—¡Tú! ¿Tú has hecho que estemos aquí? —dije más sorprendida que asustada.

Me dispuse a levantarme para agarrar a mi tía y cerciorarme de que aquella situación era real, pero tía Anita intuyó mis intenciones y me empujó sin esfuerzo alguno, volviéndome a sentar.

—No os moveréis de aquí hasta que venga Sam. Él, por fin, os quitará de en medio, tal y como hoy he hecho con vuestra madre. —Su tono de voz se apagó en esa última frase, pero enseguida se repuso—. Sois unos necios. Cuando mañana Sam os elimine del mapa, solo quedaré yo en esta familia, y seré yo quien me quede con el diamante.

Con un giro excesivamente teatral se marchó dando un portazo. Me abalancé sobre esta golpeando su duro metal y gritando:

—¡¡¡Tía Anita!!! ¡¡¡Estás loca!!! ¡¡¡Loca!!! —seguí vociferando—: ¡Te arrepentirás de esto!

Di una última patada a la puerta y empecé a llorar desconsoladamente cuando Pedro se me acercó y nos abrazamos asustados por la situación.

—La tía Anita ha matado a mamá hoy,  pero ¿por qué?

—Tía Anita dice algo de un diamante y cree que lo tenía mamá. No entiendo nada, no entiendo que nos quieran quitar de en medio también a nosotros. A no ser que quieran eliminarnos como testigos, y más ahora que sabemos todo lo que ha hecho tía Anita —concluí.

Nos sentamos en el suelo mirando hacia ninguna parte. Aquella habitación era pequeña, oscura e incómoda para pasar tantas horas esperando y más sabiendo que iban a ser las últimas de nuestras vidas. De repente, me puse de pie y divisé el sobre que había traído tía Anita y que parecía haber olvidado encima de la gran mesa de acero. Con cierta lentitud caminé hacia él y cuando lo abrí me encontré con la misma letra que había visto esa mañana en la carta que había recibido en casa, pero con un contenido muy diferente:

Tenéis que huir de aquí.

He cerrado la puerta sin llave. Cuando oigáis un gran estruendo fuera, salid. Cogeréis la segunda puerta a la derecha, yo os estaré esperando.

Vuestra tía que os quiere.

Tras su lectura levanté la cabeza sin saber qué pensar. Pedro también la había leído al colocarse detrás de mí.

—Sabía que tía Anita nunca nos haría algo malo —dijo Pedro agitado y con una pequeña sonrisa en sus labios.

—No me fío.

Al mismo terminar mi comentario, un estrepitoso escándalo se adueñó de aquella silenciosa estancia. Venía del pasillo y al querer ver qué era lo que había sucedido giré la manivela de la puerta y… efectivamente, estaba abierta.

En aquel largo pasillo no había nadie. Era poco luminoso, como lo había sido nuestro zulo, y caminamos muy despacio al principio. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a la oscuridad y empezamos a correr hasta que alcanzamos la segunda puerta de la derecha. La abrimos y encontramos un frondoso bosque con la única luz de la luna llena de esa noche. Nuestra tía nos esperaba un poco alejada y metida entre la maleza, intentando encenderse el puro con torpeza. Nos recibió con una amplia sonrisa y nos abrazó más fuerte de lo habitual, como si no hubiera pasado menos de 24 horas desde la última vez que la habíamos visto.

—Chicos, por lo que he oído, creo que vuestro coche está a apenas diez kilómetros de aquí, todo recto. Si pasa algún coche intentad esconderos, id atentos a cualquier ruido.

—¿No vienes con nosotros? —preguntó Pedro preocupado.

—No, he de quedarme aquí para que no sospechen nada y os de tiempo a huir sin problema. Además —añadió para tranquilizarnos—, espero a alguien para poder solucionarlo todo y no quiero que estéis vosotros en medio.

—Tía, ¿sabremos algún día la verdadera historia de todo esto? —pregunté.

—Sí, pero ahora tenéis que iros. ¡Caminad rápido! ¡sin descanso! —Nos dio de nuevo un fuerte abrazo y un beso—. Os quiero.

Echamos a correr frenéticos, hasta que paré y abracé a mi hermano. Aquellas horas habían sido las peores de mi vida, y sabía, por la manera en la que él me apretaba, que para Pedro también.

—¿Te has dado cuenta de que no le ha dado ni una sola calada al puro? Ni en la habitación en la que estábamos encerrados, ni tampoco en el bosque.

Llevábamos solo unos diez minutos andando y me detuve en seco, a pesar de la advertencia de nuestra tía de tener que seguir sin paradas.

—¿Qué insinúas? —quise saber aunque yo ya empezaba a hacer mis propias cavilaciones.

—¿Estamos seguros de que estábamos hablando con nuestra tía?

—Ese abrazo…

—Tía Anita nunca…

‹‹¿¿¡¡Mamá!!??›› dijimos al unísono.

Acabábamos de hablar con nuestra madre. Teníamos que volver, ¡queríamos volver! No nos daba miedo lo que podría pasarnos, solo queríamos estar con ella de nuevo. Empezamos a correr en dirección contraria cuando oímos el primer disparo, luego vendrían dos más.

ESA LLAMADA INESPERADA (II PARTE)

Después de la demanda por saber qué ocurre a continuación, aquí un poco más de este relato:

Siempre me había considerado una persona anodina con una familia discreta, sin nada o poco interesante que contar. Transmitíamos cierto desinterés entre los demás puesto que nunca habíamos alcanzado aquellos logros que la gente de nuestro entorno conseguía con facilidad.

Mi madre había sido una persona que disfrutaba de la vida, le encantaba vivirla y la gozaba.  Sin embargo, de un día para otro fue ingresada en el hospital por una de esas enfermedades raras y contagiosas. Estuvo dos semanas aislada con la única presencia de mi padre en su habitación. Fue tras esas dos semanas cuando Pedro y yo la volvimos a ver, pero ya sin vida y solo pude despedirme con un pequeño beso y un ‹‹te quiero›› que sonó muy bajito en aquella inmensa habitación. Con su fallecimiento conseguimos, por primera vez, despertar a todos los de nuestro alrededor un sentimiento de conmiseración, acentuándose aún más cuando dos años después murió nuestro padre a causa de un cáncer de pulmón. Decían que la pena por haber perdido a su mujer había sido la principal causa de todo, pero creímos más bien que la culpa la tenía el paquete diario de tabaco que fumaba. También fue una muerte rápida y sin apenas tiempo para decirnos adiós.

Tras esos largos años de dolor, Pedro y yo nos convertirnos de nuevo en la familia insustancial que habíamos sido siempre para el resto del ‹‹mundo››. No obstante, algo me decía que, tras la misteriosa llamada que habíamos recibido esa noche, nuestras vidas volverían a dar un giro inesperado.

Mi hermano y yo decidimos entonces quedar para vernos. Era una noche fría de invierno en el Madrid de los noventa. Nos abrigamos lo mejor posible y llegamos por separado a la casa de nuestra tía Anita. Ella era la hermana de mi madre, lo único que nos quedaba de familia ya que mi padre había sido hijo único y tía Anita no había tenido descendencia. Mi tía nunca se había llevado bien con mi madre aunque esta última siempre defendía esa inexplicable animosidad:

—Tía Anita fue la primera en ‹‹echarle el ojo›› a vuestro padre, pero él finalmente se decidió por mí —nos explicaba mamá siempre con un brillo especial en los ojos—. Es algo que mi hermana nunca me ha perdonado, y la entiendo. ¡Yo también la hubiera odiado si me hubiera quitado al hombre del que estaba enamorada!

A pesar de ello, todo aquel rencor que sentía tía Anita por nuestra madre no quitaba para querer a sus sobrinos igual o más que si fuéramos sus propios hijos.

Cuando a las 10 de la noche nos abrió la puerta, nos recibió también la bocanada de ese olor a puro tan característico que acompañaba siempre a nuestra tía. Era una señora que se conservaba bella y altiva, de complexión delgada y facciones angulosas, especialmente la nariz, un rasgo muy característicos de las dos hermanas; sus ojos no habían dejado de ser jóvenes y mostraban su espíritu jovial y vivaracho. Con su puro en la boca nos miró de arriba abajo y al fijarse bien en nuestras caras nos hizo entrar al salón de inmediato.

Entrar a esa casa significaba transportarte a una época anterior. El piso de tres habitaciones había pertenecido con anterioridad a mis abuelos y la decoración había quedado inmutable, seguía siendo la misma desde hacía más de veinte años: muebles oscuros y arrebatados con cosas inservibles, papel de colores serios en las paredes y sillones grandes y cómodos sin ir a juego con el resto de la casa. A su vez, se le habían ido añadiendo elementos más actuales, creando sin querer un amasijo de estilos que prestaba su punto acogedor a aquel hogar.

—¿¡Qué habéis hablado con vuestra madre!? ¡Vaya locura! —Nos decía mientras se acercaba a la ventana del salón —Queridos míos, entenderéis que eso es imposible. —Seguía mirando con desinterés por la ventana cuando con un gesto rápido corrió las cortinas—. Ojalá pudiera ver de nuevo a mi hermana. Aunque fuera solo para pelearme con ella.

Tía Anita era de fuerte carácter y nunca se amedrentaba ante nada, pero algo había visto desde aquel punto del salón que la había dejado sin aliento y con su tez más blanca de lo habitual. Me percaté de la inminente necesidad por sentarse en su sillón con la intención de relajarse y fijó su mirada hacia la pared que tenía en frente. Se creó un extraño silencio en la sala y Pedro y yo nos volvimos para también mirar hacia donde lo hacía ella. Allí estaban aquellos dos cuadros que tanto conocíamos y que habían formado parte de aquel rincón desde que teníamos uso de razón: uno de ellos, era el de una mujer con un recogido antiguo escribiendo en una cafetería. Me gustaba admirarlo, pues me recordaba a tía Anita de joven con ese aire misterioso que siempre la envolvía. Alrededor de aquella chica había varias mesas y sillas de mimbre bajas, era la típica estampa de una cafetería parisina de los años treinta; el cuadro de al lado era un óleo sencillo pero con una excelente mezcla de los colores ocre, marrón y rojizo, propios del triste paisaje otoñal que se mostraba. En lo más alto había un arcoíris muy luminoso que desentonaba con la oscuridad del conjunto. El azul del arco iris era lo que más brillaba, este cambiaba de tonalidad dependiendo del momento del día y era ello lo que lo convertía en mi cuadro favorito.

—¿Y qué os decía? —nos preguntó de pronto tía Anita, despertándonos.

—Creo que a los dos nos ha dicho más o menos lo mismo. —Miré a Pedro buscando su aprobación—. Tras saludarnos con nuestros nombres, nos decía que nos echaba de menos y nos quería, tras ello, un silencio y una respiración pesada antes de colgar —expliqué cogiéndole la mano a mi hermano, buscando en su tacto la tranquilidad que tanto necesitaba para contar aquello y no echar a llorar.

—Hay gente que tiene voces parecidas, podría ser algún error o…

—No, tía Anita, ¡era ella! estoy muy segura —dije desesperada.

—Sí, era ella, no me cabe la menor duda —continuó diciendo Pedro.

Nuestra tía intentaba mantener la calma pero el movimiento constante de sus delgadas piernas enfundadas en unos cómodos vaqueros denotaba que lo que le estábamos contando le había alterado sobremanera. Se puso de nuevo de pie impaciente y dio por finalizada la visita de aquella noche con un ‹‹debéis estar agotados››. Nos invitó a comer al día siguiente a la vez que nos empujaba hacia la puerta descaradamente para, de una manera sutil e inesperada por su parte, echarnos de allí cuanto antes.

Una última mirada al salón desde la entrada me bastó para ver cómo tía Anita corría directa al teléfono cogiendo el auricular con manos temblorosas. Y cerré la puerta.

Esa llamada inesperada

Hace poco más de un año gané un concurso literario con este relato. Os dejo aquí el principio para que abráis el apetito. Tal vez, si gusta tanto como al jurado en aquella ocasión, me anime a añadir el resto de la historia.

Cuando sonó de nuevo yo ya me encontraba de pie junto al teléfono temblándome las manos y con la mente en blanco. Solo habían pasado cinco minutos desde la anterior llamada, de esa llamada inesperada. Mientras observaba el aparato con los ojos como platos, este se paró de golpe, pero al momento volvió a sonar con insistencia. Esa vez sí que descolgué, aún sin saber qué le respondería a ‹‹aquello›› que hubiese al otro lado de la línea. Cuando contestaron noté un alivio infinito en todo mi ser, aunque he de confesar que me sentí también bastante decepcionada al oír la voz de mi hermano:

—¡Sara! ¡He recibido una llamada muy rara! —Se hizo el silencio como contestación—. ¿Sara? ¿¡Sara!?

—… Sí, perdona, Pedro. Yo también… —atiné a decir.

—Entonces… ¿Tú también has oído la voz de mamá?

Mirando a un punto imaginario de la pared y apretando inconscientemente el teléfono contra mi oreja contesté que sí sin pensar, y de nuevo se me pusieron los pelos de punta.

Hacía cinco años que nuestra madre había fallecido.

***

LECTURA CONJUNTA DE UN VERANO EN SAINT-MALO

El año 2020 terminó con una lectura conjunta con un grupo muy especial a través de Instagram. Durante tres semanas del mes de diciembre los dieciséis participantes estuvieron leyendo las aventuras de Clara en Saint-Malo y todos los lunes se estuvieron respondiendo a preguntas sobre la trama y contando anécdotas de mi novela.

En general, el resultado ha sido muy positivo y no descarto volver a hacer alguna más.

UN VERANO EN SAINT-MALO EN LA WEB DE LA BRETAÑA FRANCESA

Para mí es un placer anunciaros que mi novela forma parte de la web española de la Bretaña francesa en donde además de poder conocer y explorar sitios desconocidos de esa zona, también incluyen historias y novelas ambientadas en esa parte del mundo.

Como podéis ver Un verano en Saint-Malo está muy bien acompañado (pincha en la imagen para verlo):


LIBRO VIAJERO

A finales de septiembre se puso fin a este libro viajero que tantas alegrías me ha dado. Recibirlo de vuelta con todas las anotaciones, dibujos y mensajes que me han escrito estas fantásticas viajeras ha sido alucinante y una forma de animarme a continuar escribiendo.

Les pedí que se echaran una foto divertida con el libro y este ha sido el resultado final:

PRESENTACION DE UN VERANO EN SAINT-MALO

El 12 de diciembre del 2019 lo recordaré siempre como un día muy especial. Fue el día del lanzamiento de mi primera novela y desde entonces mi vida se ha ido centrado cada vez más en la literatura.

Desde ese día, han sido dos las presentaciones y varias firmas que me han llevado a diferentes puntos del país y en las que he conocido a lectores agradecidos e ilusionados por conocer la historia de Clara y de su verano en Saint-Malo.

A continuación un reflejo de todo este año de alegrías, a pesar de haber sido un año tan difícil.

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